Zanzíbar, paraíso de ébano y ritmo turquesa
El antídoto contra el aburrimiento se encuentra en una isla exótica del Océano Índico. Un remedio de playas paradisíacas, aventura entre aguas cristalinas, reservas naturales frondosas, una capital (Stone Town) reconocida como Patrimonio de la Humanidad y una villa privada en The Residence by Cenizaro imposible de abandonar. ¡Hakuna Matata, bienvenidos a Zanzíbar!
Una encrucijada de postal, ritmo y color, donde la gastronomía es sabrosa y las especias intensas y abundantes. Hay quien recala en su horizonte de 1001 turquesas tras disfrutar de un safari enfrente, tras la costa continental de Tanzania. Y son muchos los que eligen esta isla suficientemente remota, aunque accesible en avión, tan perfecta para vivir las mieles del amor lejos de la rutina.
En cualquier caso, es difícil abandonar la isla de Unguja. Se le conoce como Zanzíbar, aunque éste es en realidad el nombre que engloba un archipiélago de sensaciones y acontecimientos increíbles, capaces de desafiar la imaginación más desbocada. Un nombre que en persa significa costa de los negros y, en nuestro diccionario de recuerdos, un paraíso emocionante e irresistible en África.
Clavos para una isla sin elefantes
Por situarnos históricamente, Tanzania se gestó en 1964 tras la unión de Tanganica (protectorado de las Naciones Unidas bajo control británico e independiente desde 1961) y Zanzíbar, cuya influencia inglesa finalizó en 1963.
Conocida como la Isla de las Especias, con la exportación del clavo (y sus innumerables propiedades para la salud) a la cabeza, este edén guarda una memoria amarga: la que escribieron las almas atormentadas que nutrieron la ruta esclavista más importante del África Oriental. Esta bofetada al pasado ha quedado congelada ante la puerta de la casa de Tippu Tip (1837-1905). Según se lee en su biografía, este mercader nacido de un comerciante suajili y una mujer omaní perteneciente a la clase acomodada de Zanzíbar, controló un jugoso monopolio de marfil y personas. Este recordatorio también conforma el corazón del Museo de la Esclavitud de Zanzíbar. Sobrecoge pensar que, hasta 1873, no se aboliera este capítulo que supera la ficción.
Pasear en la actualidad por Stone Town, inscrita en la lista Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO en el año 2000 por su indiscutible valor como ejemplo de ciudad comercial suajili, es un momento más reconfortante. Entre el contraste de las calles laberínticas de su medina, se puede dedicar parte del tiempo a visitar la catedral de San José, el Ngome Kongwe (Fuerte Viejo) o Agha Khan, una de las numerosas mezquitas que a diario acoge un incesante trasiego de creyentes. No olvidemos que la isla donde nació Freddie Mercury (su casa natal es uno de los reclamos de la capital) es mayoritariamente musulmana y, según dicen, un buen ejemplo de convivencia con una minoría cristiana.
También es buen pasatiempo colarse en los múltiples negocios de artesanía donde el regateo es, sin duda, un arte añadido. O pararse frente a una de las más de quinientas casas que evocan el pasado próspero de mercaderes árabes e hindúes. Todo un derroche de belleza esculpida en madera, un lienzo donde la creatividad floral dialoga con los motivos marinos. Tampoco faltan las llamativas portadas con clavos para disuadir a los elefantes inexistentes: estas casas pertenecían a los comerciantes de la India, acostumbrados a los paquidermos.
Navegar con Mr. Bean e izar velas de carbón
Antes de tomar un barquito destartalado (con nombres como Mr. Bean, Baba o Jambo) rumbo a Isla Prisión (una paradoja que, en realidad, fue destierro para las cuarentenas de enfermos contagiosos y, en la actualidad, alberga un santuario de tortugas gigantes), es interesante entablar una conversación en inglés con los estudiantes uniformados (blanco y negro para los alumnos de Secundaria, crema y azul para los de Primaria), tan curiosos y amables por naturaleza.
La Casa de las Maravillas, la primera con luz eléctrica de la ciudad, se encuentra actualmente en proceso de restauración, así que se puede dedicar más tiempo a una de las rutinas de la mañana: la subasta de pescado que diariamente se celebra en el mercado de Darajani. Para los amantes de las estampas impactantes, las fotografías irrepetibles y los peces descomunales, el lugar no tiene desperdicio.
La guinda para esta jornada de reflejos en el agua, piel de ébano y aromas en el alma, culmina con un paseo en dhow, la embarcación que, en una isla tan apetecible para los viajeros, ha sabido actualizar sus 200 años de historia. Su versión original se sigue utilizando para pescar, transportar animales y el carbón que se usa para cocinar. Y en la era Instagram, hay dhows que han adaptado sus hechuras marineras para aquellos que desean perderse mar adentro, al ritmo de la música tradicional, para cambiar de perspectiva: no todos los días atardece frente a una ciudad blanca levantada con roca coralina o se divisa, a lo lejos, el ajetreo y los puestos de comida callejera que humean entre los Jardines Forodhani.
Crisol cultural en una villa privada
Esta es una de las múltiples excursiones que se organizan con mimo desde The Residence by Cenizaro. Hay otras. Una es surcar las islas desiertas de Pungwe y Kwale, en el Área de Conservación de la Bahía de Menai, donde la belleza coralina espera tras un equipo de snorkel y el sabor en una parrillada de marisco. Otra escapada imprescindible es visitar la historia sensorial de Zanzíbar en alguna de sus plantaciones de especias, un escenario aromas de clavo, nuez moscada, canela, pimienta y frutos inimaginables. Esta experiencia para los sentidos se prolonga en las clases de cocina suajili que se imparten en The Residence.
También es posible quedar atrapado entre el encanto de una mañana de labor en el cercano pueblo pesquero de Kizimkazi, cuando los más pequeños acuden al colegio mientras los pescadores se echan a la mar o reparan sus redes. La guinda viajera se sitúa en dos contextos muy distintos. Uno es Paje, un enclave aislado que ha acariciado la prosperidad gracias al cultivo de algas marinas. Allí las mujeres procesan, ataviadas con el traje tradicional de la isla, productos de belleza únicos y demandados en varios continentes. El otro es Jozani, el último bosque autóctono de Zanzíbar, donde los monos colobos rojos nos reciben con sus travesuras.
No obstante, es más que recomendable dejar algunos días para disfrutar del encanto superlativo que concentra The Residence by Cenizaro, un capricho relajado de 66 villas privadas con piscina y la bicicleta como medio de transporte. Todas ellas se ubican entre los caminos que se entrecruzan entre las 32 hectáreas de jardines tropicales, donde no podía faltar un SPA con tratamientos indulgentes para la mente y el cuerpo.
Y todas ellas, sin excepción, destacan por su decoración contemporánea y por amplios espacios diáfanos que evidencian el elegante patrimonio africano, omaní y europeo que se respira en la isla. Algunas dan al jardín. Otras, a la magia turquesa de una playa desierta que se transforma con el ritmo de las mareas.
Si The Pavilion emplata cada noche un mix de influencias indias, árabes y mediterráneas, el restaurante The Dining Room es perfecto para percibir la transformación del Océano Índico. Por la mañana, con un café en los labios que sabe aún mejor con el roce de la brisa cálida, la mirada se cuela entre los “chitenges” vaporosos de las pescadoras. El color que las envuelve se pierde entre el palmeral y la marea baja, que deja al descubierto una fauna marina inimaginable.
No hace falta hablar suajili para descubrir los secretos del agua, aunque sería aún más apasionante descubrir este paraíso con la voz de sus protagonistas. Ellas te señalan peces nunca vistos y los abrigos rojizos que visten las estrellas de mar.
A mediodía, con el eco de las especias jugueteando sobre un menú sabroso, la tentación es fundirse en el mar. Hamacas, tumbonas, camas balinesas o un columpio bajo un árbol de campanillas amarillas que comienzan a caer cuando llega la tarde, son el refugio para contemplar o nadar en este rincón paradisíaco de Zanzíbar.
Antes de que la noche sucumba a las delicias culinarias locales, que se sirven mientras un grupo interpreta en directo temas conocidos con un exquisito, y sensual, tono africano, sería un pecado no ver cómo se deshace el sol desde el muelle que parte del hotel. Es largo, muy largo. Y romántico. Desde allí zarpan, antes del amanecer, las embarcaciones que saltan junto a los delfines jorobados.